
El alejarte de las personas y ciertas cosas familiares hace que las valores, aprecies y extrañes de una forma que hasta puede decirse que duele pues cierta lejanía traje un sabor agrio, saber que pudiste haberlo valorado mucho antes, sin embargo existe un amor que es definitivamente mucho más duro de afrontar y de reconocerlo, y sólo se da en ciertas situaciones muy sutiles y hasta cotidianas que las vivimos y posiblemente las dejamos pasar por estar absortos en otros temas, problemas o por considerar que ellas siempre estarán ahí, sin necesidad de que las reconozcamos.
Hace unas semanas atrás, decidí quedarme en casa y descansar, estar junto a mis padres que ya a duras penas los veo durante la semana, disfrutar de su compañía... pasar el fin de semana en familia en pocas palabras, sin embargo ese fin de semana simplemente fue una gota tan dulce y a la vez tan fugaz pero no por eso escasa, me hizo recordar que mi vida siempre estuvo llena de esos momentos mágicos de compartir, de estar, vivir sin preocuparse del día siguiente.
Hicimos pan ese día con mi mamá, sacamos los ingredientes, nos alistamos y empezamos a ir mezclando poco a poco la harina... azúcar, sal, huevo.... todo en una medida tan exacta que hasta me hizo pensar en todos los ingredientes que mi vida debe tener, luego amasé toda la mezcla y ella junto a mi viendo y direccionando para lograr el resultado deseado, y es que en cierta forma de eso se trata la maternidad: Ver que los hijos logren sus objetivos.
Ese momento fue el climax de todo el día, su presencia y la seguridad que irradiaba el estar a su lado, su voz indicando el camino correcto sin siquiera meter un dedo en la mezcla, el estar más allá del hacer.... vi mi vida reflejada en esos 15 minutos, una vida llena de recuerdos de familia y de saber que ellos están ahí, de calidez y cariño sin necesidad de una caricia. Sin embargo a la vez me di cuenta que si bien ellos están ahí, sus cuerpos no son eternos, los dedos frágiles de mamá ya no son los mismos que hace 20 años cuando ella era la que amasaba y yo que miraba y echaba el agua para que se mezcle la harina, vi sus ojos llenos de experiencia frente a los míos que todavía siguen experimentando, las canas en su cabello ya van mostrando su edad.
Fue ahí cuando empecé y continuo en esa dura situación de saber que todo lo que uno aprecia puede llegar a un final, el pasarse la vida despreciando pequeñeces sin reconocer que esas son tal vez las grandezas más dulces que la vida nos puede otorgar.
Ahora sólo puedo concluir una cosa:
Mi familia es el regalo más preciado que me pudieron haber dado, el apreciarlo en vida me hace querer replicarlo para poder mantenerlo en el tiempo y así tal vez nunca ser borrado de las vivencias que mis hijos y los hijos de mis hijos puedan tener.